“Sos una surfista, ¿cierto?” me pregunta una de mis treinta y tres estudiantes de intercambio noruegas entre las clases de estudios ambientales.

“O sea, ¿como una surfista de verdad?” aclara la estudiante, apartándose unos mechones de pelo rubísimo de su frente llena de colágeno.

Son las 10 a.m. Mi pelo, por el contrario, todavía está húmedo y un poco salado por la sesión mañanera que me escapé a darme antes de clase, después de la cual me cambié en el parqueo, escondida bajo mi pareo con estampado de sirena, para ponerme lo que pasa por ropa "casual de negocios" para una profesora. Mi tabla descansa en su estuche de viaje gastado por la jungla afuera del aula, para que no se sobrecaliente en el Tacoma. Aunque todo indica que ‘sí’, nunca sé muy bien cómo responder a esa pregunta.

Una surfista de verdad. Esa es una afirmación fuerte en la cultura moderna del surf. Me acuerdo de conversaciones con hombres en mi vida y de cómo siempre eran rápidos para juzgar a los otros maes que no remaban para el lineup en los días de los oleajes más grandes.

“¿Quién es un surfista de verdad ahora?” bromeaban entre los sets pesados. Con el corazón a mil por la adrenalina bajo capas delgadas de piel pecosa por el sol y tela elástica de bikini, yo tomaba su típico choque de puños como una señal de que me había probado a mí misma; de que podía surfear con los grandes allá afuera. Preocuparme por todo eso se siente como algo de hace mucho tiempo.

“Amo surfear”, intento responder. “Es una parte importante de mi vida.”

“Cool,” dice ella, agarrando su billetera para ir por un café.

Cool. Otro tema popular en nuestro mundo acuático. Le voy a ahorrar mis comentarios. Ahora estoy repasando los archivos de mi vida de surf. Veinte años de fotos y recuerdos esparcidos por costas lejanas en docenas de países de seis continentes. Aventuras épicas con exnovios, empujando los límites de lo posible. Viajes de chicas a paraísos tropicales de surf con secretos de recuerdo que nunca vamos a soltar. Viajes en solitario persiguiendo sueños de surf bien lejos de las rutas conocidas. Media vida vivida a no más de unos minutos en carro de mis olas favoritas. Toda una existencia construida al antojo de la fuerza gravitacional de la luna sobre las mareas, las temporadas de oleajes y las energías sutiles moviéndose por el fondo del mar; geografías batimétricas, geometrías de poliestireno y fibra de vidrio.

Hace veinte años, me compré una funboard azul y morada de segunda de 7'4 y me prometí a mí misma que enfrentaría el océano todos los días hasta entender de qué trataba toda esta nota del surf. ¿Quién iba a saber entonces que pasaría planeando mis días alrededor de los reportes de olas y la dirección del viento durante casi dos décadas? Mi obsesión con el mar, con el poder de las olas, ha demostrado ser inquebrantable. Seis semanas seguidas es quizás lo más que he pasado sin ella; por mucho, la relación a largo plazo más consistente que he sido capaz de mantener con cualquier entidad más allá de mi familia inmediata.

¿Puede ser más real que eso?

La filosofía de Jung sostiene que los 40 años marcan un punto de inflexión en nuestras vidas, donde el ego pasa al asiento de atrás para darle espacio al legado; donde empezamos a preocuparnos menos por lo que la gente piense de nosotras, y más por lo que vamos a dejar cuando ya no estemos. Desde antes de saber de esta filosofía psicoanalítica, ya lo venía sintiendo en mi relación con el surf desde hace unos años. Interesándome más en echar raíces cerca de mis olas favoritas en lugar de andar persiguiendo oleajes en todas direcciones. Terminando mi doctorado y empezando una carrera de investigación en turismo de surf comunitario regenerativo. Conectando con organizaciones locales de conservación y enseñando programas de estudio en el extranjero. Curando experiencias de retiros para mujeres para apoyar sus procesos de crecimiento personal y nuestra evolución colectiva. Priorizando a mi perra, a la familia, el trabajo, la salud, el futuro... con un poquito más de responsabilidad. Y enfocando mi energía hacia una visión más amplia de conservación del entorno costero en el lugar al que llamo hogar.

Como resultado de esta redirección inspirada por la edad y orientada al legado, tanto intencional como circunstancial, algunas cosas de mi vida en el surf también han cambiado —como supongo que debería ser. Acercándome a mi cumpleaños número 41, me doy cuenta de que ya no ando persiguiendo las olas más grandes que pueda agarrar, y rara vez siento esa necesidad de sentir el miedo y mandarme de todos modos. A medida que la necesidad de probarme a mí misma como una surfista "de verdad" se desvanece en la orilla, he abrazado mi era de chica surfista más suave, alcanzando por fin la madurez.

Las thrusters súper delgadas de alto rendimiento han sido reemplazadas por twin pins y grovelers 2+1 para tener un poquito más de volumen y un poco menos de rocker. He cambiado los tubos en beach breaks pesados por el paraíso de los pointbreaks sin ningún arrepentimiento al mirar por el retrovisor. Ahora se trata del estilo, el arte y la conexión en lugar de empujar límites llenos de adrenalina. Es menos una búsqueda individualista de experiencias de película y está más ligado al estilo de vida de pertenecer a una comunidad surfera local y al ecosistema que la rodea.

¿Qué tan hermosa puedo hacer sentir esta ola? Un ethos inesperado guiando mi propia revolución en el surf.

No me malinterpreten, sigo surfeando todo lo humanamente posible. Todavía me emociono toda como una grom cuando se asoma un oleaje grande en el reporte. Sigo ahí afuera la mayoría de los días ocupando mi espacio y encarnando mi lugar como mujer en el agua. Los pescadores todavía me tiran besos desde la panga cuando me animo a saludarlos en una ola. Y las señoras en las bancas del parqueo me siguen viendo como si estuviera loca cuando salgo empapada en mi bikini, con una expresión que es una mezcla de curiosidad y desdén.

“¿Que no sabe que ahí hay cocodrilos?” me preguntaron hoy.

Tres cosas muy importantes han pasado este año, empezando poco después de mi cumpleaños número 40, y todas centradas en el tema de la mortalidad —lo más real que puede haber en la vida de cualquier surfista, si me preguntan a mí. La primera fue una experiencia donde casi me ahogo en mi home break en un día de tamaño mediano cuando perdí mi tabla, terminé en una corriente implacable cerca de las rocas, y un amigo eventualmente me rescató. La segunda fue ajustarme a cambios en mi estilo de vida después de enterarme de que estoy en la categoría de alto riesgo de enfermedad cardíaca congénita. Y la tercera y más reciente, la pérdida de mi querido amigo, coautor, jefe y mentor de durante 18 años, quien falleció a sus 72 años a finales de julio.

Enfrentar la mortalidad a través de múltiples realidades materiales —en el espacio liminal del océano donde usualmente me siento más en casa, en la experiencia próxima de mi propio cuerpo, y en la intimidad de una de mis relaciones más cercanas— se ha sentido como un ajuste de cuentas con el tiempo como un árbitro finito de propósito y significado. Quizás acercándome a lo que Carl Jung llama individuación; el cambio del ego al legado, el proceso de convertirse en el verdadero ser de una.

Casi ahogarse y ser rescatada tiene una forma de humillar a una chica hasta someterla a la inminente realidad de que ya no tengo 25 años, y mi umbral para la supervivencia y el sufrimiento ha cambiado. Quiero que valga más la pena el esfuerzo. Y quiero que la motivación de mis días esté empapada en saber que mis pasos en la arena han dejado huellas útiles a lo largo de las costas que he tenido la bendición de llamar hogar.

Y si llevamos la filosofía de Jung al corazón del mar, tal vez la vida de surf antes de los 40 se trata de encontrar lo que amás y crear valor al convertirte en la persona que soñás ser. Y mientras estoy aquí sentada, a la deriva (drifting) en el lineup de este umbral liminal que es crecer, tal vez lo que estoy aprendiendo es que la vida de surf después de los 40 se trata de saber por qué estás dispuesta a morir, y remar con todas tus fuerzas por las olas que te acercan al legado que estás destinada a dejar.

¿Sos una surfista de verdad? Seguro. Supongo. Probablemente depende a quién le preguntés. Pero me pregunto si esa es siquiera la pregunta correcta. O si podríamos aprender a preguntar algo diferente. ¿Todavía estás surfeando? ¿Cómo se ve tu relación con el océano hoy en día? ¿Cómo ha cambiado? ¿Qué tipo de olas estás navegando en esta fase de tu vida de surf? ¿Cómo estás eligiendo surfearlas?

Porque tal vez, en algún lugar entre el ego y el legado, las respuestas correctas esperan a la deriva, del otro lado de todas las preguntas que nadie nunca pensó en hacer.

Una ola está viva en la medida en que tiene energía corriendo a través de su medio líquido de salmuera oceánica. Y nosotras somos energía y consciencia, surfeando a través de mares de materialidad, con un sueño al atardecer de presencia eterna más allá de los límites del tiempo.

Escrito por Tara Ruttenberg originalmente en inglés.